El 27 de abril del 2016 es una fecha que perdurará para siempre en la memoria de todos los atléticos pero, especialmente, de Saúl. El ilicitano se inventó una jugada estratosférica que finalizó en un gol que muy pocos olvidarán.
El Atlético de Madrid se había metido en las semifinales de las Champions League tras eliminar al todopoderoso FC Barcelona. Los pupilos de Diego Pablo Simeone consiguieron voltear una eliminatoria en el Vicente Calderón que se había complicado en el Camp Nou tras la expulsión de Fernando Torres y la derrota por 2-1. De esta forma, el conjunto rojiblanco esperaba rival. El azar quiso enfrentarle al Bayern de Munich, el ogro de muchos de nuestros antepasados colchoneros, el rival que había arrebatado a Luis Aragonés y compañía la Champions en Bruselas debido al fatídico gol de Schwarzenbeck en el último minuto de aquella final de 1974.

Era una ocasión para redimirse de ese varapalo y el Atlético, desde el momento que conoció que el conjunto bávaro sería su rival, se preparó a conciencia para lavar todas las heridas que, cicatrizadas o no, aún dolían en buena parte de la afición. Desde el primer minuto del partido de ida disputado en el majestuoso Vicente Calderón, el cuadro madrileño salió al campo buscando tener la iniciativa y en los primeros compases de aquel encuentro, Saúl cogió el balón, dribló espectacularmente hasta cuatro jugadores teutones y cruzó el balón al palo derecho de la portería defendida por Manuel Neuer. El feudo rojiblanco se vino abajo y no era para menos porque un chico de la cantera había hecho posible lo que para casi cualquier jugador del mundo es imposible.
Tras conseguir ese gol, el Atleti supo defenderse de los constantes ataques que llevaba a cabo el Bayern e incluso pudo aumentar su ventaja de no ser por la madera que impidió que Fernando Torres, otro chico 100% rojiblanco, marcara y provocara que el delirio en el Calderón fuera aún mayor. En el partido de vuelta, los chicos de Simeone sufrieron lo indecible para conseguir el pase a la final de Milán pero tras 90 minutos de acoso y derribo del Bayern, el Atlético se metió de nuevo en una final de Champions League.
Esta es otra de las noches mágicas europeas que el Vicente Calderón ha dejado. En los 51 años de historia del legendario coliseo colchonero, se han vivido partidos épicos donde el Atlético ha salido victorioso pero, especialmente, en las últimas temporadas, han caído varios de los clubes europeos más grandes, caso de Oporto, Milan, Juventus, Barcelona y el propio Bayern. Recuerdos muy buenos para una afición que nunca se cansa de creer y de apoyar a su equipo. Por noches como la del 27 de abril de 2016, el legado del Vicente Calderón siempre será eterno.
Esa noche sirvió para que los mayores que miraban con temor e incluso con rabia al Bayern de Munich por aquel dramático desenlace de Heysel, vieran en Saúl a su héroe y a un jugador que está llamado a portar en más de una ocasión el brazalete de capitán del Atlético de Madrid. Esperemos que noches como ésta tengan su continuidad en el Nuevo Metropolitano, el nuevo feudo del conjunto madrileño. Eso significará que el espíritu de este Atlético y del Vicente Calderón sigue intacto a pesar de ese traslado que cabrea a muchos aficionados rojiblancos. Ese espíritu debe mantenerse porque el artífice de los éxitos más recientes del cuadro colchonero, Diego Pablo Simeone, lo ve necesario. Si él lo contempla así, los aficionados deben hacer lo mismo. Palabra de Dios.
El Vicente Calderón ha sido el lugar de peregrinaje de todos los atléticos en este último medio siglo. Recuerdos buenos, otros no tanto, pero lo que es seguro que para todos aquellos que lo hayan pisado alguna vez en su vida, especialmente, cualquier aficionado rojiblanco, este majestuoso recinto no desaparecerá de su corazón y de su mente a pesar de que varias máquinas excavadoras procedan a derribar el céntrico estadio a principios de 2018.
El Vicente Calderón siempre será eterno. Sólo muere aquel que es olvidado y, casi con toda seguridad, el templo de todos los atléticos, nuestro templo, estará siempre en nuestros corazones. El Paseo de los Melancólicos seguirá latiendo con fuerza a pesar de que ya no estés ahí.
