Bajo el Madroño: «Quién nos lo iba a decir, Rado…»

Quién nos lo iba a decir, Rado… Cuando llegaste, teníamos la esperanza por los suelos. Las últimas dos temporadas habíamos evitado el descenso a última hora, nuestro presidente no paraba de fagocitar jugadores y entrenadores y el club parecía ir a la deriva, cada uno por su lado y al vaivén de los designios de aquel ostentóreo timonel.

Los vecinos de enfrente te habían despedido dos temporadas antes. Te echaron siendo líderes destacados y acabaron perdiendo la Liga en la última jornada en Tenerife. Después dejaste tu sello en Oviedo, antes de que el Atleti te llamara para liderar un proyecto más de aquellos que parecía que no iba a llegar a buen puerto.

Llegaste con tu eterna sonrisa, con tu característico castellano sin artículos, rodeado de una plantilla mitad nueva y mitad sin confianza tras dos temporadas coqueteando con el descenso.  Entre los nuevos estaba el portero. Un tal Molina al que le acababan de meter 8 en la promoción de ascenso que dio con el que era su equipo, el Albacete, en Segunda División. Con él vino también un tal Santi Denia, de Valencia, rebotado con su presidente, llegó Lubo Penev, un tal Correa de Uruguay, Roberto Fresnedoso del Español. Pero sobre todo, te empeñaste en traer a toda costa a un jugador que jugaba en el Panionios, un modesto equipo de la liga griega sin oficio ni beneficio. Incluso amenazaste con pagar el fichaje de tu bolsillo. Poco tiempo después, ese jugador, llamado Milinko Pantic, resulta que se convertiría en el lanzador con mejor pie que han visto estos ojos…

Quién nos lo iba a decir… Dejaste al mundo boquiabierto con ese descubrimiento. Un jugador que suplía su falta de físico con una inteligencia futbolística descomunal, aparte de ser un infalible lanzador a balón parado.

Quién nos iba a decir que el citado Molina se convertiría en un referente por no limitarse a colocarse bajo los palos y parar, que también sabía hacerlo muy bien, sino por su fantástico juego de pies y por su capacidad para jugar de hombre libre a la espalda de una defensa que se colocaba a la altura de la divisoria central. Esa defensa comandada por Solozábal y Santi, que se entendían en a la perfección, y flanqueada en los laterales por Geli y Toni, fundamentales en ataque y en presión tras pérdida.

Ese centro del campo, en el que Vizcaíno se bastaba para cubrir las espaldas de Simeone, Caminero y el propio Pantic, que cuando llegaban a tres cuartos, jugaban de memoria y eran capaces de meter una marcha más a la velocidad de balón y combinar con Penev o Kiko, capaces de aguantar el balón de espaldas con un ejército de contrarios subidos a su chepa o de convertir en gol, tanto esas rápidas combinaciones, como las faltas laterales y córners lanzados por Pantic.

Sin olvidarnos de Juanma López, reconvertido de defensa central a interior derecho ofensivo, capaz incluso de marcar varios goles esa temporada. Ni de Juan Carlos, delantero subido del filial, lastrado por una lesión de rodilla en pretemporada, que al final se convertiría en un importante recambio en al delantera. Ni de Leo Biagini, escurridizo y rápido delantero argentino, campeón del mundo Sub-20 en el verano del 95. Ni de un jovencísimo Petete Correa o de Pirri Mori o de Roberto Fresnedoso, potente centrocampista llegador, que recordamos sobre todo por rematar a gol esa inolvidable jugada de Caminero en el Camp Nou ante Nadal.

Aquel tren en el que fuimos algunos camino de Zaragoza para ganar aquella Copa ante el Barça de Cruyff con un gol de cabeza de Pantic a pase de Geli en la prórriga. Un tren que volvió después del partido con más gente de la que fue. Quién nos lo iba a decir…

Y 19 años después de la última Liga, conquistada con un tal Luis Aragonés en el banquillo, tú y tus chicos volveríais a hacerlo posible. Aquella Liga. La primera viví. Un caluroso 25 de mayo en un Calderón a reventar. Un partido inolvidable. Una noche inolvidable. Quién nos lo iba a decir…

Después la primera participación en Champions después de 20 años. Aquel debut ganando 4-0 al Steaua de Bucarest. Aquel gol de Pantic en Dortmund. Aquella maldita eliminatoria ante ese Ajax que había sido campeón de Europa dos años antes y aquel maldito penalti fallado que nos apartó de las semifinales. Nunca sabremos lo que hubiera pasado al final de esa Champions que terminó ganando el Borussia Dortmund que quedó detrás en la fase de grupos.

A partir de entonces, las cosas se volvieron más complicadas. Llegaron dos semifinales en la Copa de la UEFA ante dos equipazos de la época (Parma y Lazio), pero no pudiste evitar ser presa fácil de aquel tsunami llamado Jesús Gil. Primero llegaría el experimento con Sacchi. Después la deriva otra vez. Te volvieron a llamar para arreglar el desaguisado del italiano y nos metiste en la final de Copa ante el mejor Valencia de la historia. Esa final en la que nos dieron un baño, Gil te dio una patada en el culo antes de jugar el partido en el vestuario y en la que todos nos quedamos allí 20 minutos después de acabar gritando aquel Radomir, te quiero

Intentase evitar el descenso una temporada después, cuando lo fácil hubiera sido no aceptar el encargo del administrador judicial, pero aquello fue un imposible. Te fuiste injustamente por la puerta de atrás de una institución ruinosa, en la que tú fuiste un oasis en el desierto.

Ahora nos has dejado, sin ruido, inesperadamente. La tarde del 6 de abril de este tétrico 2020 nos dejaste un poco más huérfanos, pero con el recuerdo de tu sonrisa, tu peculiar chapurreo después de tantos años en España y tu Radomir, te quiero… Gracias por tanto…

Quién nos lo iba a decir, Rado…

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