Bajo el madroño: «Ni olvido ni perdón»

OPINIÓN. Antoine Griezmann vuelve al Metropolitano siete meses después. O eso parece. Todavía es posible que no comparezca. Con el francés, nunca se sabe. No es Antoine uno de esos tipos acostumbrados a dar la cara. No lo hizo en Neptuno, cuando las circunstancias lo reclamaban. Tampoco lo hizo para anunciar su continuidad de rojiblanco, cuando utilizó un burdo documental para oficializar su estafa al Atleti. Ni siquiera lo hizo el día de su marcha cuando, tras embolsarse 23 millones limpios por borrarse en Turín y firmar una temporada infame, utilizó un cutre vídeo y una pared blanca de fondo para decir que se marchaba. Nada de hacerlo antes de su último partido como local. Había que evitar los silbidos que, un año antes, lo habían hecho llorar. Puro coraje.

En aquellos tiempos, la división de opiniones era grande. Pitar a Antoine cuatro días después de haber ganado la final de la Europa League parecía un gesto muy osado por parte de unos cuantos indignados. Pero el tiempo les dio la razón. Aquellos silbidos ejemplificaron a la perfección lo que significa el Atlético de Madrid. El respeto a la institución está por encima de los títulos. Lo segundo te otorga una felicidad efímera; lo primero, la gloria eterna. Griezmann no supo (o no quiso) entenderlo. De ahí que derramara lágrimas de incredulidad mientras escuchaba los pitos contra el Éibar. De ahí que, un año más tarde, pusiera rumbo a la Ciudad Condal.

El respeto a la institución está por encima de los títulos. Lo segundo te otorga una felicidad efímera; lo primero, la gloria eterna. Griezmann no supo (o no quiso) entenderlo.

Esta noche, ‘La Decisión’ del Metropolitano será unánime. El recibimiento que tendrá Antoine Griezmann sólo será comparable al de Thibaut Courtois. Y no merece menos. Algunos abogan por la indiferencia, pero lo cierto es que el regreso de Antoine no deja indiferente a nadie. No puede ser de otra manera. Es imposible olvidar que el ahora ’17’ azulgrana negoció a espaldas del club durante dos años consecutivos, que firmó un precontrato con el club catalán días antes de jugar en Turín y que contribuyó inestimablemente a la debacle contra la Juventus con una actuación paupérrima. Pero aquello fue sólo la punta del iceberg. Ni siquiera sus imponentes estadísticas pueden tapar años de chantajes, malos gestos con la grada y coqueteos con media Europa. Por momentos, el Atlético de Madrid se convirtió en el cortijo de Antoine Griezmann. Eso no se puede dejar pasar.

Hubo un tiempo en el que Griezmann quería sentarse en la mesa de Messi y Cristiano. Hoy volverá a Madrid como sirviente de lujo del argentino. Lo cierto es que, como rojiblanco, estuvo cerca de comer algo más que las sobras. No lo consiguió. De ahí que cogiera el puente aéreo para Barcelona en busca de unas migajas de caviar. A Antoine, como a Arda, le vale con un trago de mate y una ración escasa de Lionel. Nunca necesitó más que eso, por más que el ímpetu de su juventud y su mujer intentaran convencerlo de lo contrario.

Hubo un tiempo en el que Griezmann quería sentarse en la mesa de Messi y Cristiano. Hoy volverá a Madrid como sirviente del argentino. A Antoine, como a Arda, le vale con un trago de mate y una ración escasa del caviar de Lionel.

Ahora, Antoine es un hombre feliz. Sin presión, sin responsabilidad, sin necesidad de tirar del carro. Nadie le rendirá cuentas en ‘Can Barça’ cuando las cosas vayan mal. Pero aquí todavía quedan pagos pendientes. Y sus deudas valen más, mucho más, que 300 euros de multa. Esta noche, el Metropolitano empezará a pasarle la factura. Quienes crean conveniente mirar para otro lado, que cejen en su empeño. La hinchada del Atleti no perdona a sus traidores.

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