Contracrónica: «Disfrutar del camino…»

Si ya los finales de temporada tienen de por sí sabor a despedida, a final de curso escolar y a melancolía por el tiempo transcurrido y por el largo paréntesis de todo el verano hasta el comienzo de la siguiente, en los últimos años nos estamos acostumbrando a vivir despedidas especialmente dolorosas e inmensamente emotivas. Cada despedida supone dejar una parte de ti mismo en el lugar o en la persona a los que dices adiós. Hace 2 años nos dejamos parte de nuestra alma, nuestra voz y nuestros recuerdos en la que había sido nuestra casa durante los últimos 50 años, a orillas del Manzanares. Allí quedaron infinitas vivencias, ilusiones, decepciones, historias, previas, partidos y postpartidos  que hoy solamente son un recuerdo. Hace 1 año se despedía el que fue el estandarte del Atlético de Madrid en el peor momento de su historia y su más orgulloso embajador aquí y fuera de aquí, en una época en la que muy poquitos hacían gala del escudo y las rayas rojiblancas de esa manera. Pocos meses después también diría adiós el capitán del momento más glorioso de la centenaria historia colchonera y nos empezamos a sentir huérfanos. De repente, nos dimos cuenta de que el paso de los años, aderezado con una dudosa política de renovaciones, estaba acabando con los referentes de los últimos años, en los que tantas alegrías hemos vivido. De repente, esos jugadores que a la vez eran hinchas del Atlético de Madrid, como tantas y tantos nosotros, se marchaban entre lágrimas de dolor y tristeza. Las mismas que provocan entre millones de personas a las han hecho tan felices sin conocerlas personalmente.

El último partido de la temporada en el Metropolitano vuelve a dejarnos más huérfanos aún. Se marcha otro capitán, el sucesor de Gabi, otro de los que escribió la historia latido a latido. Un tipo feo, fuerte y formal, que no dudó en partirse la nariz, la boca y el alma por el Atlético de Madrid. Un tipo que nació a 10.000 kilómetros de Madrid, pero que podría haberlo hecho perfectamente en la Glorieta de Embajadores. Podría haber sido un atlético de cuna. No lo era. Llegó al Atleti con 24 años y 9 años después vive y transmite ese sentimiento como si lo hubiera mamado en innumerables tardes desde Pirámides hasta el Paseo de los Melancólicos. Las lágrimas de Godín eran las lágrimas de todos los que, como dijo en el césped del Metropolitano, disfrutamos el viaje por encima del destino al que nos lleve. El Atleti como un fin, no como un medio. El camino hacia la gloria, más que la gloria en sí. Aquel cabezazo en el Camp Nou que nos regaló una vida entera. Aquel otro de Lisboa que nos regaló quilates de ilusión que ni siquiera el infortunio fue capaz de robarnos. O aquel de este año al Athletic en el descuento remontando un partido que parecía perdido. Roto, cojo, arrastrando la pierna y posiblemente agravando la lesión que tenía. Daba igual. A él nada le sacaba del campo. Ni un tabique nasal roto ni una brecha en la cabeza ni la pérdida de varios dientes en un choque con el portero rival. Mucho menos un músculo roto. Diego Godín es indestructible. Inmortal. Como otros antes que él. Como Arteche, que después de una hazaña similar ante el Betis en los 80, marcando 2 goles en los últimos minutos en medio de un diluvio de otoño y rompiéndose la rodilla en uno de ellos, solo salió del campo en la camilla de la Cruz Roja alzando los puños al viento y al agua.

Seguro que los había y que los hay más altos, más guapos, más técnicos o más fornidos. Los habrá más elegantes o venderán más camisetas, pero no los hay mejores que Diego Godín. Sin saberlo, el no eligió al Atleti. El Atleti ya le había elegido a él cuando no era más que un mocoso que a punto estuvo de perecer ahogado arrastrado por la corriente de un río en una excursión dominical con su familia. Espero que los amigos que dejas aquí sepan transmitir a los nuevos que lleguen lo que implica vestir esta camiseta. No será nada fácil. Aquí te seguiremos recordando. Te seguiremos cantando y esperando tu vuelta, como la de los que se fueron antes que tú. Desde estas humildes líneas, gracias, Diego. Gracias por enseñarnos a disfrutar más del camino que de los títulos a los que nos ha llevado. Continúa disfrutando del tuyo también.

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